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45.04 La ira de Dios contra la injusticia (1)

En este pasaje vemos cómo Pablo presenta argumentos fáciles de comprender, exponiendo una verdad que no se limita a quienes conocemos la “Verdad”, que es Cristo, sino que también alcanza a quienes no profesan la fe en Dios. Esto se debe a que, de una forma u otra, el ser humano ha tenido acceso al conocimiento de Dios a través de Su Creación. Después de todo, el mundo tiene un Creador, que es Dios; por lo tanto, el mundo no se creó a sí mismo, así como tampoco esta computadora ni mi teléfono se crearon solitos.

Es importante recordar que el propósito del apóstol Pablo no es simplemente señalar el pecado de la humanidad y la justa ira de Dios contra toda injusticia.  Como vimos en nuestro estudio anterior, Pablo ya nos ha presentado el Evangelio como poder de Dios para salvación de todo aquel que cree en Jesucristo [Romanos 1:16-17]. 

Por tanto, al exponer la condición pecaminosa del ser humano, prepara el camino para desarrollar posteriormente una de las grandes doctrinas de esta epístola: “la justificación por la fe”. ¡Qué hermosa esperanza tenemos en nuestro amado Señor Jesucristo! Aunque todos hemos pecado y somos incapaces de justificarnos por nuestras propias obras, Dios, en Su infinita gracia y misericordia, nos ofrece la salvación por medio de la fe en Su Hijo Jesucristo.

Ahora bien, retomando el tema de la ira de Dios contra la injusticia, Pablo nos enseña que quienes no profesan la fe en Dios tampoco están exentos de Su justo juicio, pues las cualidades invisibles de Dios, Su eterno poder y Su deidad se hacen claramente visibles a través de las cosas creadas. Esta verdad también la encontramos expresada en el Salmo 19:1-3, donde el salmista declara que los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de Sus manos. Por tanto, como afirma el apóstol, no tienen excusa para desconocer Su existencia [Romanos 1:20]. Nosotros, los creyentes, además de reconocer a Dios mediante Su Creación, tenemos el privilegio de conocerlo por medio de Jesucristo y de Su Palabra.

Sabemos que el pecado es repulsivo para nuestro Señor, por lo que la “ira santa de Dios” constituye Su justa indignación contra el pecado y toda injusticia. Las Escrituras nos muestran diversas ocasiones en las cuales Dios manifestó Su ira como respuesta a la maldad y la desobediencia del ser humano. Recordemos algunos de estos acontecimientos:

1) Destierro de Adán y Eva: « Y el Señor Dios lo echó del huerto del Edén, para que labrara la tierra de la cual fue tomado. Expulsó, pues, al hombre; y al oriente del huerto del Edén puso querubines, y una espada encendida que giraba en todas direcciones, para guardar el camino del árbol de la vida», [Génesis 3:23-24].

2) Destrucción del mundo por un diluvio: «Y el Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal. Y le pesó al Señor haber hecho al hombre en la tierra, y sintió tristeza en su corazón. Y el Señor dijo: Borraré de la faz de la tierra al hombre que he creado, desde el hombre hasta el ganado, los reptiles y las aves del cielo, porque me pesa haberlos hecho.  Mas Noé halló gracia ante los ojos del Señor», [Génesis 6:5-8].

3) Fuego y azufre que destruyó Sodoma y Gomorra: «Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, de parte del Señor desde los cielos; y destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos los habitantes de las ciudades y todo lo que crecía en la tierra», [Génesis 19:24-25].

Como podemos apreciar en los pasajes anteriores, la ira de Dios se manifestó como consecuencia de la desobediencia del ser humano y de la transgresión de Sus leyes morales. Debemos recordar que Dios es el mismo ayer, hoy y por siempre; por tanto, Su santidad, Su justicia y Sus demandas morales permanecen inalterables. Su indignación contra el pecado sigue siendo una realidad, por lo que el ser humano no tiene excusa para justificar una vida pecaminosa ni puede invalidar el justo juicio de Dios.

“Que detienen la verdad con injusticia”: Con esta expresión, Pablo se refiere a quienes, aun teniendo conocimiento de Dios mediante Su Creación, rechazan reconocerlo y honrarlo como Dios, viviendo en desobediencia a Su voluntad. Sin embargo, nosotros sabemos que Jesucristo es la ‘Verdad’, pues Él mismo declaró: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» [Juan 14:6]. Asimismo, Jesús nos enseña que conocer la verdad nos hace libres: «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» [Juan 8:32]. Toda Su vida es testimonio de la verdad y de una santidad perfecta, pues nunca pecó. Asimismo, Su Palabra es verdad.

Dios ha puesto eternidad en el corazón del ser humano, tal como expresa [Eclesiastés 3:11]. Esto nos recuerda que nuestra existencia no se limita únicamente a la vida terrenal, aunque no todos comprendan o reconozcan las verdades espirituales acerca de la eternidad. Nosotros, los que creemos en Dios, tenemos la maravillosa esperanza de disfrutar de la vida eterna junto a Él, mediante nuestro Señor Jesucristo. Para ello, es necesario nacer de nuevo, tal como Jesús enseñó a Nicodemo [Juan 3:3-7].

Asimismo, debemos recordar que Jesús es el Camino, y es Él quien nos enseña cómo debemos conducirnos para alcanzar la vida eterna. Nuestro Señor nos advierte: «porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan» [Mateo 7:14]. Jesucristo es el único Camino para llegar al Padre, tal como también expresa [1 Timoteo 2:5-6]: «Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. El cual se dio a sí mismo en precio del rescate por todos, para testimonio en sus tiempos». Por medio de Su sacrificio redentor podemos ser reconciliados con Dios y disfrutar nuevamente de la comunión con Él. ¡Sigamos, pues, los pasos de Jesús en nuestro caminar en la fe, permitiendo que sea Él quien dirija nuestras vidas!

Amados hermanos y amigos, nuestro Señor Jesucristo siempre enseñó acerca del pecado y de aquello que ofende a Dios, pero también nos mostró cómo debemos conducirnos para vivir conforme a Su voluntad. Hoy el Evangelio continúa extendiéndose por el mundo, anunciando tanto la justicia de Dios como Su inmenso amor y misericordia hacia la humanidad. Por tanto, no tenemos excusa para justificar el pecado; sin embargo, ¡qué maravillosa esperanza tenemos en Jesucristo! Por medio de Él podemos acercarnos al trono de la gracia con corazones arrepentidos, reconociéndolo como nuestro Señor y Salvador, y recibir el perdón de nuestros pecados. Así que, amados hermanos, vivamos en obediencia a Su Palabra, perseverando en la fe y preparándonos para Su gloriosa Venida.

Deseo finalizar recordándoles, como les he dicho anteriormente, que estos comentarios o anotaciones los emito “desde mi perspectiva particular”, en apego a los conocimientos propios obtenidos por mi estudio devocional de las Escrituras, la revelación del Espíritu Santo, así como por las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios.

Por lo tanto, espero que mis anotaciones le sirvan a usted para continuar con su lectura personal de las Escrituras, transformándola en un ejercicio de “escudriñar con gozo los tesoros que se encuentran en la Biblia, la Palabra de Dios”, permitiéndole identificar y encontrar en ellos una aplicación especial y personal para su vida y así ser saciado del manjar que el Señor nos brinda en Su santa y bendita Palabra.

Dios le bendiga.

Dra. Sandra Elizabeth Núñez (D.Min.)

 

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