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43.02 Ingratitud y lealtad de los hombres

La base de nuestra fe cristiana es que Jesucristo no es solamente un gran maestro, un profeta o un personaje extraordinario de la historia. Ciertamente Él fue todo eso, pero además de ello, Él es Dios manifestado en carne; el Verbo eterno que existía desde el principio y que participó activamente en la creación de todas las cosas.

Nuestro amado Señor Jesucristo vino a esta tierra revestido de naturaleza humana. Se humilló voluntariamente, dejando a un lado la manifestación visible de Su gloria celestial, aunque sin perder jamás Su divinidad. Se hizo semejante a nosotros en todo, pero con una diferencia absoluta y perfecta: jamás pecó.

Jesús creó el mundo y todo cuanto en él existe; sin embargo, cuando vino al mundo en forma humana, muchos no le reconocieron. A pesar de que el Antiguo Testamento anunciaba constantemente Su venida, aquellos que esperaban al Mesías no pudieron identificar al Salvador que estaba delante de sus ojos.

Cristo vino a Su propio pueblo, no a una nación desconocida, sino a Israel, el pueblo escogido por Dios; aquella nación que había recibido pactos, promesas, milagros, protección y el tierno cuidado del Señor a través de generaciones. Humanamente hablando, cualquiera hubiese pensado que le recibirían con gozo, gratitud y adoración; como al Rey esperado y prometido por siglos.

Pero tristemente ocurrió lo contrario. Muchos le rechazaron, le despreciaron y endurecieron su corazón delante de Él. Aquel que merecía honra recibió rechazo; Aquel que merecía adoración fue menospreciado. Y aun así, Jesús continuó manifestando amor, misericordia y compasión.

Israel fue llamado en múltiples ocasiones:

-Pueblo especial [Deuteronomio 7:6].

-Especial tesoro de Dios [Éxodo 19:5].

 -Posesión de Jehová [Salmo 135:4].

-Pueblo santo y único [Deuteronomio 14:2].

-Exclusiva posesión del Señor [Deuteronomio 26:18].

-Porción de Jehová [Deuteronomio 32:9].

 

Por ello, cuando Juan declara que Jesús vino “a los Suyos”, se refiere a Su propio pueblo; aquellos que estaban más cerca de las promesas y de la revelación divina. Sin embargo, muchos “no le recibieron” [Juan 1:11].

Ese rechazo ocurrió hace más de dos mil años, pero aún hoy continúa sucediendo. Muchas personas conocen acerca de Jesús, hablan de Él o incluso admiran ciertos aspectos de Su vida, pero no desean rendirle completamente el corazón ni reconocer Su autoridad sobre sus vidas.

No obstante, el mensaje del Evangelio no termina en rechazo, sino en esperanza. Y aquí encontramos la parte gloriosa de este pasaje: aunque muchos no le recibieron, también han existido multitudes de hombres y mujeres que sí le han amado, adorado y reconocido como Señor y Salvador. A través de los siglos han existido creyentes fieles que han entregado sus vidas a Cristo, que le sirven con gozo, que proclaman Su nombre y que viven agradecidos por Su salvación.

Hoy también existen hijos de Dios alrededor del mundo que aman al Señor Jesucristo. Personas transformadas por Su gracia; hombres, mujeres y niños que le buscan en oración, que se deleitan en Su Palabra y que anhelan agradarle cada día más. La Iglesia de Cristo permanece viva porque el Señor continúa salvando, restaurando y levantando adoradores que le adoren en espíritu y en verdad [Juan 4:23].

Por ello, Juan 1:12 nos llena de esperanza al declarar: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios». Tanto judíos como gentiles, todo aquel que cree verdaderamente en Cristo recibe el privilegio glorioso de convertirse en hijo de Dios. El Espíritu Santo transforma el corazón, purifica la vida y produce una nueva naturaleza mediante el sacrificio redentor de Jesús en la cruz. Entonces el creyente puede acercarse al Señor y clamar con confianza: «¡Abba, Padre!» [Romanos 8:15].

Qué maravilloso es saber que, aunque el mundo muchas veces rechaza a Cristo, todavía existen innumerables personas que le aman y esperan con gozo Su pronto regreso. Jesús sigue salvando, sigue restaurando y sigue llamando a las almas al arrepentimiento y a la vida eterna.

Deseo finalizar recordándoles que estas anotaciones las realizo desde mi perspectiva particular, en apego a los conocimientos adquiridos mediante mi estudio devocional de las Escrituras, la guía del Espíritu Santo y las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios. Mi anhelo es que estas reflexiones motiven también a otros a escudriñar con gozo los tesoros contenidos en la Biblia, permitiendo que la Palabra transforme el corazón y fortalezca la comunión con nuestro amado Señor Jesucristo.

Dios les bendiga,

 

Sandra Elizabeth Núñez

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