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45.02 Deseos de Pablo de Visitar a Roma

En este relato, el apóstol Pablo expresa su gratitud a «mi Dios», manifestando la relación personal que mantenía con Él por medio de Jesucristo. Asimismo, al declarar que da gracias a Dios «mediante Jesucristo», reconoce el lugar de Cristo como mediador entre Dios y los hombres, verdad que posteriormente afirma: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» [1 Ti 2:5].

Esta enseñanza guarda armonía con las palabras del propio Señor Jesucristo acerca de acudir al Padre en su nombre: «Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré» [Jn 14:13-14]. De esta manera, la gratitud y las oraciones de Pablo se encuentran centradas en Dios y vinculadas a la obra mediadora de Jesucristo.

 

Mis amados hermanos y amigos, recordemos que podemos acercarnos a Dios en oración por medio de Jesucristo, quien está sentado a la diestra del Padre e intercede por nosotros: «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» [Ro 8:34].

Pues bien, la fe de los creyentes de Roma había llegado a ser conocida ampliamente, tal como Pablo afirma: «vuestra fe se divulga por todo el mundo» [Ro 1:8]. Roma, capital del Imperio, ejercía una notable influencia debido a su poder, riqueza y grandeza; además, su extensa red de comunicaciones favorecía la circulación de personas e ideas. De allí que la presencia de una comunidad cristiana en una ciudad tan influyente tuviera particular importancia para la difusión del evangelio.

Tal fue la importancia de Roma y de las vías que la conectaban con los distintos territorios del Imperio, que hasta nuestros días permanece el conocido adagio «Todos los caminos conducen a Roma».

Una de las razones por las cuales era tan importante evangelizar aquella ciudad imperial era que, a través de ella, se podía alcanzar gran parte del mundo conocido. Para tener una idea de la magnitud de esta realidad, basta recordar la extensa red de vías construida por los romanos, la cual recorría decenas de miles de kilómetros y comunicaba a Roma con las zonas más apartadas del Imperio. Estas vías se extendían desde África hasta los bosques de Germania, desde la Península Ibérica hasta el Cáucaso y desde Inglaterra hasta regiones cercanas al Golfo Pérsico.

Podemos entonces imaginar la importancia estratégica que tenía Roma para la propagación del evangelio, pues desde aquella gran ciudad el mensaje de Jesucristo podía llegar, a través de quienes transitaban por esas vías, hasta lugares muy distantes del Imperio.

 

Bien, en el versículo 10 vemos qué hermosa actitud la de este varón de Dios, quien intercedía por sus hermanos cristianos aun sin conocerlos personalmente. Recordemos que interceder es presentar delante de Dios las necesidades de otros y llevar sus cargas en oración. Es ese momento en el cual dejamos a un lado nuestras propias necesidades para clamar a Dios a favor de los demás. Cuando intercedemos, dejamos de concentrarnos solamente en nosotros mismos y llevamos delante del Señor las necesidades, cargas y dificultades de nuestros hermanos.

Al igual que Pablo, nosotros debemos elevar nuestras oraciones a Dios en el nombre de nuestro amado Señor Jesucristo, confiando en que Él obrará conforme a su perfecta voluntad en el asunto de nuestra petición. El deseo del intercesor es ver la obra de Dios manifestarse a favor de las personas por las cuales ha intercedido.

Pero la intercesión más maravillosa es la de Jesucristo, quien está a la diestra del Padre intercediendo por cada uno de los suyos, tal como expresa Romanos 8:34: «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» [Ro 8:34].  ¡Cuán profundo es el amor de nuestro amado Señor por nosotros!

La Biblia está repleta de hombres y mujeres intercesores, quienes clamaron y gimieron ante Dios con corazones sinceros, poniéndose en la brecha por las necesidades de una persona o de una nación. Lo hermoso es ver cómo Dios respondió a sus clamores y obró conforme a su perfecto plan. Algunos ejemplos de grandes intercesores que encontramos en las Escrituras son Abraham, Ester, Nehemías, Daniel y David.

Algo interesante a destacar es que, muy a pesar del gran anhelo de Pablo de ir a Roma, él reconocía que solamente podría llegar a aquella ciudad si fuere «la voluntad de Dios»; por eso rogaba al Padre que le concediera su deseo. El viaje había sido objeto de sus constantes oraciones debido a los diferentes impedimentos que, hasta ese momento, no habían permitido que se realizara.

Pablo había anhelado durante mucho tiempo visitar Roma, pero sabía que solo cuando Dios manda, respalda; por eso sometía sus deseos y planes a la voluntad del Señor, confiando en que, en el tiempo de Dios, podría finalmente visitar a sus hermanos cristianos de aquella ciudad.

Ciertamente, Pablo había tenido obstáculos que le impidieron ir a Roma. Las Escrituras nos muestran que, en ocasiones, Dios mismo dirige nuestros pasos porque tiene una obra diferente para nosotros; mientras que, en otras circunstancias, el enemigo procura obstaculizar aquello que hacemos para el Señor. Sin embargo, Romanos no nos dice cuál fue la causa específica de los impedimentos que Pablo encontró para llegar a Roma.

Esto me hace pensar en las veces en que tenemos muchos deseos de colaborar con la expansión del evangelio aquí en la tierra; pero es menester entender que debemos esperar a que sea Dios quien nos envíe al ministerio o a la obra, y no dejarnos llevar simplemente por nuestras emociones. Tampoco debemos permitir que el enemigo nos impulse a actuar fuera de la voluntad de Dios, como un día intentó hacer con Jesús al decirle: «Si eres Hijo de Dios, lánzate abajo» [Mt 4:6 LBLA].

En todo tiempo debemos someter nuestros planes y deseos a la voluntad de Dios, recordando decir: «Más bien, debierais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» [Stg 4:15 LBLA].

En conclusión, Pablo anhelaba llegar a Roma, aquella gran ciudad del mundo gentil, para visitar a una iglesia que aún no conocía personalmente y en cuya fundación no había colaborado directamente. Su deseo era cumplir con el llamado que había recibido de Dios de compartir el evangelio de Jesucristo con toda clase de personas, tal como él mismo expresa: «A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor» [Ro 1:14].

Pablo sentía sobre su vida la responsabilidad de anunciar el evangelio; no era simplemente algo que deseaba hacer, sino una misión que le había sido encomendada por Dios. Por eso también declara: «Porque si predico el evangelio, no tengo nada de qué gloriarme, pues estoy bajo el deber de hacerlo; pues ¡ay de mí si no predico el evangelio!» [1 Co 9:16 LBLA].

Pablo también expresa su gran deseo de visitar a los hermanos de Roma para comunicarles algún don espiritual, a fin de que fueran fortalecidos en la fe. Es hermoso observar que el apóstol no se coloca solamente en la posición de quien tiene algo que ofrecer, sino que reconoce que él también sería confortado por la fe de aquellos hermanos.

Es bueno mencionar que en otras versiones de la Biblia «don espiritual» es expresado como «ayuda espiritual». Veamos Romanos 1:11-12TLA: «Tengo muchos deseos de ir a verlos y darles ayuda espiritual. Así su confianza en Dios será permanente, y podremos ayudarnos unos a otros, gracias a la fuerza de esa confianza que tenemos en Dios.

 

Asimismo, Pablo deseaba visitar Roma para obtener algún fruto entre aquellos creyentes, tal como ya había sucedido entre los demás gentiles. Su interés no era simplemente conocer aquella importante ciudad, sino que su visita produjera resultados espirituales mediante la predicación del evangelio y el ministerio que Dios le había encomendado. De manera que Pablo deseaba llegar a Roma para servir, fortalecer a sus hermanos y ver el fruto de la obra de Dios entre ellos, así como ya lo había visto entre otros gentiles.

De todas maneras, y con respecto a lo mencionado anteriormente, al igual que Pablo, debe existir en todo cristiano el anhelo de poner al servicio de Dios los dones que hemos recibido y procurar aquellos que contribuyan a la edificación de la iglesia, tal como nos dice: «Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aun más excelente» [1 Co 12:31]. ¡Aleluya!

Oremos, pues, porque necesitamos un entusiasmo y un anhelo semejantes a los del apóstol Pablo para estudiar, enseñar y compartir la Palabra de Dios, proclamando las Buenas Nuevas de Jesucristo a un mundo que necesita escuchar el mensaje de salvación.

 

Pablo oró constantemente para que Dios le permitiera ir a Roma; sin embargo, su deseo habría de cumplirse tiempo después y de una manera muy diferente a la que posiblemente había imaginado: llegó a Roma como prisionero [Hch 28:16-31]. Antes de llegar tuvo que atravesar muchísimas vicisitudes, entre ellas una terrible tempestad, un naufragio y hasta la mordedura de una víbora [Hch 27:13-44; 28:1-6].

 

Con esto en mente, es bueno que recordemos que Dios responde nuestras oraciones conforme a Su voluntad y permite que las circunstancias contribuyan al cumplimiento de Sus propósitos en nosotros, aunque muchas veces no alcancemos a entender la manera en que Él está obrando. Por eso debemos descansar en que Su voluntad «…es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» [Ro 12:2], recordando también que «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» [Ro 8:28].

 

Deseo finalizar recordándoles, como les he dicho anteriormente, que estos comentarios o anotaciones los emito “desde mi perspectiva particular”, en apego a los conocimientos propios obtenidos por mi estudio devocional de las Escrituras, la revelación del Espíritu Santo, así como por las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios.

 

Por lo tanto, espero que mis anotaciones le sirvan a usted para continuar con su lectura personal de las Escrituras, transformándola en un ejercicio de “escudriñar con gozo los tesoros que se encuentran en la Biblia, la Palabra de Dios”, permitiéndole identificar y encontrar en ellos una aplicación especial y personal para su vida y así ser saciado del manjar que el Señor nos brinda en Su santa y bendita Palabra.

Dios les bendiga

 

Dra. Sandra Elizabeth Núñez

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