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45.03 El Poder del Evangelio

Romanos es considerado uno de los principales libros doctrinales de la fe cristiana en el Nuevo Testamento. Romanos 1:17 puede considerarse uno de los versículos clave de esta epístola, el cual presenta el tema de «la justicia de Dios». Recordemos que el reformador Martín Lutero escribió en su prefacio:

«Esta carta es la verdadera parte principal del Nuevo Testamento y el evangelio más puro. Es digna de que todo cristiano, no sólo la sepa de memoria palabra por palabra, sino también de que se ocupe en ella como su pan cotidiano del alma. Pues nunca puede llegar a ser leída o ponderada lo suficiente; y cuanto más se la estudia, tanto más preciosa y apetecible se vuelve […]».¹

El Señor Jesucristo dice en Marcos 8:38: «Porque cualquiera que se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». Y precisamente el apóstol Pablo aplica este principio a su vida, y vemos cómo en Romanos 1:16 dice no avergonzarse del evangelio, sino sentirse honrado por el gran privilegio de predicar el “Evangelio de Cristo”.

La Biblia registra muchas ocasiones en las cuales, muy a pesar de poner su vida en riesgo, el apóstol Pablo se encontró en circunstancias muy difíciles, y todo por predicar el evangelio. Entre ellas, fue encarcelado en Filipos [Hechos 16:23-24], apedreado en Listra [Hechos 14:19], entre muchas otras situaciones en las que fue vilipendiado o ridiculizado; pero, aun así, nada lo pudo persuadir de dejar de hablar del evangelio.

Pablo nunca se avergonzó de predicar las Buenas Nuevas frente a la oposición de quienes erróneamente juzgaban a Cristo como alguien que había sido derrotado al morir en una cruz; sin embargo, Pablo sabía que Cristo es el Hijo de Dios, que Él es quien dijo ser: nuestro Señor y amado Salvador.

El apóstol Pablo enseñaba el mismo evangelio que Cristo predicó; él lo había aprendido por revelación del mismo Señor Jesucristo. Es decir, es poder de Dios para salvación de los que creen en el Señor Jesús: «Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa», [Hechos 16:31].

Asimismo, recordemos que el Evangelio fue predicado por Cristo y Sus discípulos a los judíos, muchos de los cuales lo rechazaron, extendiéndose luego su predicación a los gentiles (no judíos), abriendo de esta manera la puerta para que todos fuéramos convocados a recibir el mensaje de salvación a través de nuestro Señor Jesucristo.

Romanos 1:16-17 presenta dos de los grandes ejes doctrinales de la epístola:

a) La salvación por medio de la fe: «el evangelio… es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree», [Ro 1:16]. El apóstol Pablo presenta el evangelio como el medio a través del cual Dios salva, y la fe como la respuesta del ser humano.

b) La justicia de Dios se revela por fe: «en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe… El justo por la fe vivirá», [Ro 1:17]. Aquí aparece uno de los grandes argumentos que Pablo desarrollará posteriormente: el pecador es declarado justo delante de Dios mediante la fe, no por las obras de la ley.

En definitiva, el apóstol Pablo no se avergonzaba del evangelio porque sabía que es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree. Asimismo, al advertir en Gálatas 1:6-9 acerca de quienes predicaban un evangelio diferente, reafirma que no existe otro evangelio para salvación fuera del Evangelio de Cristo.

Asimismo, resulta interesante notar que, desde Romanos 1:18 hasta 3:20, el apóstol Pablo afirma que toda la humanidad se encuentra bajo la condición del pecado y muestra que nadie puede ser justificado por obedecer la ley. Todo esto lo hace antes de exponer el tema de la justificación por la fe.

Resulta impactante leer: «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe», y la pregunta sería: ¿qué es la justicia de Dios? Esta es la justicia libremente atribuida al pecador por la gracia soberana de Dios, sobre la base de la muerte sustitutoria de Jesucristo, a aquellos que creen en Él. Lutero se refirió a ella como “la justicia que vale ante Dios”, mientras que Calvino explicó que se trata de aquella justicia que es aprobada delante del tribunal de Dios.

Ciertamente así es, amados hermanos y amigos: nadie puede justificarse delante de Dios por su propio esfuerzo u obra, sino que esa justicia es dada gratuitamente por Dios a todos los que creen en Jesucristo. De manera que «el evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» [Romanos 1:16], y «el justo por la fe vivirá» [Romanos 1:17].

«Mas el justo por la fe vivirá» es una expresión que proviene de Habacuc 2:4 y es citada tres veces en el Nuevo Testamento: Romanos 1:17, Gálatas 3:11 y Hebreos 10:38. Estos pasajes nos reafirman que el justo vive por la fe, confiando en las preciosas promesas que Dios ha dado a quienes creen en Jesucristo; y es que el hombre justo no puede vivir una vida santa sin practicar una fe permanente en nuestro Señor Jesús.

En cada uno de los que decimos ser cristianos no debe existir un ápice de vergüenza para predicar el Evangelio, tanto con la Palabra como con nuestro testimonio ante todo ser humano; es decir, para nosotros debiera ser un gran privilegio ser portadores del mensaje de Dios. «Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios», [1 Corintios 3:9].

Asimismo, recordemos que el Señor nos dejó la Gran Comisión: «Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén», [Mateo 28:19-20].

Por lo tanto, amados hermanos, nosotros, como colaboradores en la expansión de la obra de Dios acá en la tierra, estamos en capacidad de predicar el Evangelio, y por eso debemos preguntarnos: “¿Estamos predicando el Evangelio de Cristo?”.

Deseo finalizar recordándoles, como les he dicho anteriormente, que estos comentarios o anotaciones los emito “desde mi perspectiva particular”, en apego a los conocimientos propios obtenidos por mi estudio devocional de las Escrituras, la revelación del Espíritu Santo, así como por las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios.

Por lo tanto, espero que mis anotaciones le sirvan a usted para continuar con su lectura personal de las Escrituras, transformándola en un ejercicio de “escudriñar con gozo los tesoros que se encuentran en la Biblia, la Palabra de Dios”, permitiéndole identificar y encontrar en ellos una aplicación especial y personal para su vida y así ser saciado del manjar que el Señor nos brinda en Su santa y bendita Palabra.

Dios le bendiga.


Dra. Sandra Elizabeth Núñez (D.Min.)

Fuente:

1 Martín Lutero, “Prefacio a la Carta a los Romanos” (1522), trad. Carlos Witthaus, en Comentarios de Martín Lutero: Carta del Apóstol Pablo a los Romanos, vol. 2 (Terrassa, Barcelona: Editorial CLIE, 1998), 11.

Sandra Elizabeth Núñez

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