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7.2.14. Los Dos Deudores

 

Este relato tiene como figuras principales a dos deudores, que para este caso podríamos llamarlos dos pecadores. Uno de ellos era Simón, aquel fariseo que había invitado a Cristo a comer a su casa, y la otra era una mujer pecadora que sabiendo que Cristo estaba en esa casa se acercó allí para buscarle, conocerle y honrarle como su Señor y Salvador, pues era costumbre de ese tiempo que los vecinos podían entrar a otras casas para observar a los invitados.

Pues bien, la narración nos cuenta de lo descortés que fue ese fariseo, quien le había rogado a Jesús que comiera en su casa, no obstante no tuvo para con Él los mínimos gestos de las cortesías comunes de aquel entonces. Si llevamos eso al plano espiritual pudiéramos decir que Simón no reconoció el señorío de Jesús; contrario al caso de la mujer quien desde que entró en la casa del fariseo, sintió una necesidad imperiosa de estar con Él, por lo que se mantuvo con una actitud de reverencia y devoción en su trato hacia el Señor.

Esa mujer que venía con un pasado cargado de dolor, como cualquiera de nosotros; quizás llegó quebrantada y herida, y se presentó ante Jesús para adorarle a pesar de la situación que ella estaba pasando, ya fuera de rechazo, de crítica o de aflicción. Fue en busca de Jesús dispuesta a entregarle lo mejor de ella, su adoración y corazón. No llegó con las manos vacías, llegó con un perfume costoso colocado en un frasco de delicado diseño.

Esa mujer comenzó a llorar a los pies de Jesús y regaba sus pies con sus lágrimas, pues Simón no le dio agua para lavarlos; se los secaba no con una toalla, sino con sus cabellos, siendo esto figura de obediencia y de su dedicación a Él. Besaba los pies del Señor, simbolizando esto su humildad. Pero por último lo ungió con perfume, representado la esencia de su ser; el cual vertió del frasco de alabastro, como si fuera de su alma donde estaba el aroma precioso que ella tenía en su interior.

Así somos nosotros, para obtener ese olor a gloria, debemos ser procesados, pisoteados como las uvas, pasando por momentos de aflicción intensos; sin embargo venimos ante Cristo, reconociéndolo como el dueño de nuestras vidas, rindiendo nuestro ser ante Él; le entregamos nuestras cargas; le damos lo mejor de nosotros y actuamos reflejando que Él mora en nuestras vidas; adorándolo aun en esos momentos donde sentimos que ya las fuerzas se nos agotan, y Él se acerca nos restaura y entonces, vemos su gloria.

El tierno afecto hacia Jesús, así como el reconocimiento público del amor que embargaba el corazón de esa mujer la hicieron desbordar en lágrimas su ser, lo que provocó pensamientos de demérito en el corazón del fariseo porque asumió que si el Señor supiera qué clase de mujer era, su actitud hacia ella sería diferente pues no le hubiese permitido ungirle; haciéndome esto recordar Mateo 7:3 «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?».

Bien, nuestro amado Señor como Dios omnisciente que es, conoce los pensamientos del fariseo y de inmediato le habló “tengo algo que decirte”, y allí inicia esta maravillosa parábola, la cual nos habla del amor y la gratitud que deben mostrar los que luego de ser perdonados invitan a Cristo a ser el Señor de sus vidas.

Al finalizar la breve parábola el Señor Jesús le dice a Simón que juzgue o diga cuál de los deudores que les fueron perdonadas sus deudas, amará más al acreedor, y «Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado», [Lc 7:43]. Después de esto Jesús le hace ver Simón que él no había sido un buen anfitrión ya que nos prestó atención a ningunos de los gestos de cortesías de aquel entonces; luego lo comparó con aquella mujer, quien tuvo el mínimo detalle de brindarle toda las atenciones al Señor, ya que era costumbre de los judíos mostrar respeto y amabilidad a sus huéspedes. Veamos:

  • No me diste agua para los pies: Era una cortesía muy habitual en ese país, lavarles los pies a los invitados, debido a que se caminaba con sandalias y los pies se ensuciaba con el polvo y el lodo en los caminos transitados, por lo que todas las casas tenían un balde de agua a la entrada y los esclavos o siervos de la casa se encargaban de lavar los pies a los invitados antes de entrar a la casa. No obstante, la mujer proveyó el agua con las lágrimas de sus ojos, y con ellas le lavó los pies al Señor; estas lagrimas las pudiéramos asemejar al agua que brotó de su corazón, siendo el agua figura de la Palabra de Dios; entonces pues, puedo decir que de ella brotaba el amor hacia el Señor Jesucristo, el cual había conocido a través de la Palabra de Dios, recordemos pues «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios», [Ro 10:17].
  • No me diste beso: El beso era señal de reverencia y respeto, asimismo es muestra de sumisión y homenaje. El fariseo no besó a Jesús, en contraste con la mujer quien constantemente les besó los pies, hablando esto del hermoso y perfecto caminar del Señor. Es bueno hacer notar que besar los pies es figura de la iglesia que reconoce su condición y se humilla para rendir adoración a nuestro Salvador, Jesús.
  • No me ungiste la cabeza con aceite: Simón no reconoció el señorío de Jesús, a pesar de haberlo invitado a su casa; esto es una representación de los que dicen tienen a Jesús o sea, son cristianos, y sin embargo con sus hechos lo niegan, tal como expresa Tito 1:16 «Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra». No obstante la mujer desbordó todo su amor hacia Él, reconociéndolo como su Salvador.
  • Ésta ha ungido con perfume mis pies: La mujer, llevó un aceite especial para ungirle los pies al Señor, Eso es figura de exaltar la vida de Cristo y estar humildemente al servicio del Señor.

Ciertamente el Señor le demostró a Simón su falta de hospitalidad y educación, lo que en términos espirituales serían sus faltas en la vida cristiana. Asimismo, el Señor concluye la conversación con el fariseo hablándole acerca del perdón y el amor «Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama», [Lc 7:47]. Y a la mujer le dice «Tus pecados te son perdonados», es decir que estaba limpia de toda culpa a través del sacrificio de Jesús.

Amados hermanos y amigos, hoy es tiempo de que rompamos nuestros frascos de alabastro, es momento de romper esquemas y de que la unción del Espíritu Santo que mora dentro de nosotros nos guíe a toda verdad, así nuestras vidas serán impregnadas del olor a gloria y a nuestro paso dejaremos una estela de esa maravillosa fragancia y muchos anhelarán conocer a Dios! Confía, Él nos dará la victoria.

Deseo finalizar recordándoles, como les he dicho anteriormente, que estos comentarios o anotaciones los emito ‘desde mi perspectiva particular’ en apego a los conocimientos propios obtenidos por mi estudio devocional de las Escrituras, la revelación del Espíritu Santo, así como por las enseñanzas compartidas por hombres eruditos de la Palabra de Dios. Por lo tanto, espero que mis anotaciones les sirvan a usted para continuar con sus lecturas propias de las Escrituras, las cuales sean transformadas en ‘escudriñar con gozo los tesoros que se encuentran en la Biblia, la Palabra de Dios’, de manera que también pueda identificar y ofrecer una aplicación especial y personal a su vida y así ser saciado del manjar que el Señor nos brinda en Su santa y bendita Palabra.

Dios les bendiga,

Sandra Elizabeth Núñez

 

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